domingo, 27 de mayo de 2012

Carta a Mis Hermanos y Hermanas en Nuestro Señor.


A todos aquellos que me conocen y saben de mi vida, de mis debilidades y tribulaciones.
Hermanos en ningún momento de mi vida pensé predicar a Cristo, porque fui pecador consciente por muchos años y tenía la convicción de que moriría así, así yo lo había determinado.
Pero Mi Señor tenía otros planes para mí.
Fue solamente por la gracia de mi Señor Yeshua, Ben David, Ha Meshiaj (El Salvador, Hijo de David, Nuestro Mesías) que fui llamado a su buena obra y he respondido humildemente “Heme aquí Señor” y le ha parecido a él darme su mensaje para su pueblo santo, es decir, para su Kehila Kodesh, que aun hace vida dentro de la gran iglesia apostata, hablo no de la iglesia católica, ya que a estas alturas del partido no creo que exista alguien que aún no sepa que dicha iglesia es el brazo armado de ja Satán (satanás), ni de la secta satánica  de los testigos de jehová, me dirijo con todo mi amor a la Iglesia Evangélica, a los Adventistas, a los Protestantes y especialmente a mis hermanos Pentecostales, a ustedes hermanos van dirigidas estas palabras.
No se asusten, tampoco saquen conclusiones antes de escuchar lo que tengo que decirles.
Solo por su voluntad ha sido quitado el velo que tenía en mis ojos, no por mis obras, sino por su inmensa misericordia y su infinito amor. He podido ver la gloria de su maravillosa obra y he recibido instrucción precisa mediante su palabra de hacerle llegar, a su pueblo primeramente, el mensaje de salvación, “Porque el tiempo ha llegado y su venida está a la vuelta de la esquina”,  “llegó el momento de juntar a su pueblo amado”.
Voy a ir directo al grano y voy a contarles la última revelación que he tenido. Esta vez no fue como las anteriores, donde yo veía todo, hablaba con Ángeles y subí montañas, ahora solo dormía y una voz sublime contaba con todo lujo de detalles una bella historia, o, parábola, como ustedes quieran, ahí supe que se me había revelado un gran secreto, una maravillosa noticia.
<<<Un gran Rey dispuso una vez hacer una gran fiesta, él quería que todos aquellos que habitaban en su reino tuvieran parte con él y con sus hijos de todas las Bendiciones de las que gozaba el reino, quería además confiar a su pueblo responsabilidades de príncipes y princesas, quería hacer de su Reino una sola familia con él a la cabeza,  solo había una dificultad, ¿Cómo hacer para que no entraran aquellas personas desobedientes que pudieran hacer fracasar su plan?
Tomó a uno de sus siervos más queridos, llamado Moisés y le dijo:
-        Vas a decirle a tus hermanos que tengo para ellos una fiesta muy especial y que quiero que todos estén ahí, que la única condición para entrar al palacio es ir vestidos de blanco.
También le advirtió;
-        Aquel que no venga vestido de blanco como le he mandado, es mejor que se quede porque no va poder entrar.
El siervo amado pregunto a su señor;
-        ¿Y para cuando será la fiesta mi señor?
El señor le respondió;
-        Pronto, muy pronto, solo asegúrate que todos estén vestidos como le he mandado para que nadie se quede fuera.
Moisés se fue y hablo con sus hermanos lo que el Rey le había encomendado, les explico la condición de ir vestidos de blanco y las consecuencias de desobedecer la orden del Rey.
Pasó el tiempo y algunos olvidaron la invitación, otros, siempre la recordaron y se esforzaron por mantener sus ropajes limpios.
A los pocos días de enviar a su siervo, envió a su hijo, el futuro Rey, y le dijo:
-        Hijo mío, Moisés llevó la invitación para sus hermanos, ahora ve tú y llévales la invitación al resto de los habitantes del reino.
También le dijo;
-        Hazles saber que aquel que no traiga una rosa roja en el pecho, no podrá pasar al palacio, esa es mi única condición.
Así hizo el hijo amado, y llevo el mensaje del Rey a su pueblo, todos lo recibieron con alegría, porque sabían de la fiesta, pero pensaban que solo era para la familia de Moisés quienes eran muy queridos por el Rey, pero al ver al propio Príncipe quien llevaba la invitación se creyeron más importantes que la familia de Moisés.
Por el otro lado estaban los familiares de Moisés que decían:
-        A nosotros es la invitación, ya que el Rey directamente la hizo a nuestro Padre y sabemos de la condición de ir vestidos de blanco, a nosotros se nos confió, dejémoslo en secreto y así hicieron.
También los que habían sido invitados por el Príncipe, decían:
-        A nosotros nos invitó el propio Príncipe, el futuro Rey, para nosotros es la invitación, a nosotros se nos confió el secreto de llevar la rosa en el pecho, dejémoslo en secreto y así hicieron.
Al fin llego el tiempo de la gran fiesta, El Rey ordeno poner  la mesa y sonaron las trompetas, en las puertas del palacio se colocó la guardia real, todo el pueblo vibraba de emoción, dentro estaban El Rey y su hijo amado El Príncipe, junto a toda la casa Real, esperando a los invitados que poco a poco fueron llegando a la puerta.
De un lado de la calle venían los hijos e Moisés con sus vestidos blancos, orgullosos y prepotentes, veían con asombro que en la calle de enfrente venia una gran muchedumbre con sus mejores vestidos, pulcros y con una rosa en el pecho.
Al llegar a las puertas, los primeros en intentar entrar fueron los hijos e Moisés, a quienes la guardia Real, les prohibió el paso por no llevar la rosa roja en el pecho. Desconsolados lloraron, gritaron, se acusaban unos a otros, pero ya era tarde, guardaron siempre sus ropas blancas, pero no escucharon la voz del hijo del Rey, por su soberbia perdían la gran oportunidad.
Luego intentó entrar el otro grupo, al cual, al igual que al primero le fue prohibido el paso, traían su rosa roja en el pecho y venían muy bien vestidos, pero no de blanco como lo exigió el Rey. Desconsolados lloraron, gritaron, se acusaban unos a otros, pero ya era tarde, cuidaron siempre su rosa roja, pero no escucharon la voz del Rey y mucho menos hicieron caso a su mandato, por su incredulidad perdían la gran oportunidad.
Luego, de la nada, salió un tercer grupo, un grupo más bien pequeño comparado con los otros dos, ahí habían de los hijos de Moisés así como de los hijos del pueblo, estos fueron obedientes y supieron escuchar tanto la voz del Rey como la de su hijo El Príncipe. Estos hombres y mujeres traían vestiduras blancas impecables, con enormes rosas rojas en el pecho.
A ellos les abrieron las puertas del palacio y se sentaron a la mesa con el Rey y con el Príncipe. Después que entro el último, la puerta fue cerrada y mucha gente quedo fuera, muchos fueron los llamados, pero pocos los que entraron al palacio del Rey>>>
Queridos hermanos en Nuestro Señor Yeshua,  espero que esta parábola esté tan clara para ustedes como lo estuvo para mí desde el principio, pero, por si no entendieron el mensaje se los voy a explicar:
La clave para entrar al reino de los cielos dada a Moisés, es La Ley de Dios, ojo, no la Ley ceremonial, que es una cosa muy distinta, La Ley de Dios expresada en Los Diez Mandamientos, en los libros escritos por Moisés desde Génesis hasta Deuteronomio, ahí se concentran Los Mandamientos para blanquear nuestras vestiduras, es decir para limpiar el templo del Dios viviente que es nuestro propio cuerpo,
La Ley de Dios está tan vigente hoy como lo estuvo en los tiempos de Nuestro Señor Yeshua, cómo el mismo lo dijera:” No he venido a anular la Ley sino a cumplir la Ley”.
Por otro lado, podemos tener La Ley escrita en nuestros corazones, como dicen los Judíos Rabínicos,  pero si no tenemos a Cristo y su Santo Espíritu morando en nosotros, estamos por fuera.
Necesitamos un nuevo despertar, sacudirnos tantos años de somnolencia, buscar al Dios verdadero en toda su magnitud, incluyendo su santa Ley y sus Mandamientos.
Así que desde hoy me declaro estudiante de La Ley y Discípulo de mi Señor Yeshua, para la Gloria y Honra de mi Dios.
Gracias a todos aquellos que se tomaron la molestia de leer, este escrito, que mi Señor Yeshua, Ben David, Ha Meshiaj, los Bendiga, Los Ampare Y los Favorezca en todo lo que hagan.
Amen.








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