Así como cuando nuestro
Señor Jesucristo predijo la caída de Jerusalén (Evangelio de Lucas cap. 19 vers. 42-44)
mientras él mismo caminaba entre ellos siendo hombre, a la par que nacía su
iglesia, su esposa a la que ha de venir a buscar y muchos se arrepintieron de
sus pecados entregándole sus corazones a
su salvador, había otro grupo mucho más numeroso de personas que no creyeron el
mensaje, afortunadamente su pueblo, las ovejas que reconocen la voz de su
´pastor si supieron identificar las señales, reconocieron los tiempos y cuando
vieron la destrucción total de Jerusalén en el año 70 estuvieron confiados en
el señor sabiendo de antemano que la muerte no tiene poder sobre los que
esperan y están bajo la gracia de nuestro Señor Jesucristo.
Para aquellos que
tuvieron la oportunidad de enmendar su camino, teniendo ante sí el evangelio en
carne viva, el verbo en persona y no lo reconocieron, tuvo que haber sido algo
muy duro el enfrentarse a la muerte fuera de la protección de la única persona
que puede vencer sobre ella, ya no tenían la gracia de Jesús, ya no podían
entrar por la puerta que se les había señalado y que ahora estaba cerrada.
En ese momento especial
de la historia estaba representándose a pequeña escala con Jerusalén y el pueblo
de Israel como protagonistas, lo que sin duda sucederá a escala planetaria en
un corto lapso de tiempo.
Si ponemos a Jerusalén
en representación de mundo, a Israel
como el pueblo de Dios, y al evangelio de Cristo predicándose en todas las
naciones, tendremos ante nosotros una reproducción exacta de lo que
inevitablemente acontecerá en estos tiempos.
Al igual que Jesús en
persona fue a su pueblo primeramente a
predicar la salvación, nosotros Apóstoles de Cristo, estamos en la obligación
de predicar primeramente a su iglesia que es su pueblo, el verdadero Evangelio
de Cristo, guardando sus mandamientos y haciendo su voluntad, exhortándoles a
que abandonen las practicas impuestas por Roma, evitando el sectarismo,
buscándolo a él en su palabra, haciendo su obra para la cual nos llamó y nos
predestino.
Ya Dios hizo juicio
sobre este sistema imperfecto y lo hayo culpable de pecado y su decisión es
inmutable, no hay vuelta atrás para la palabra de Dios, así como fue en el
principio, así será al final.
Así como en su tiempo la
destrucción le llegara a Jerusalén, así también le llegara a este mundo la hora
de rendir cuentas ante el señor. La venida de Cristo está a la vuelta de la
esquina y la separación de los que se quedan y los que se van con Jesús ya
comenzó.
Gran tribulación, pena y
llanto viene sobra la tierra.
Es momento de volverse
de la maldad del pecado y reconocer a Jesús como el único capaz de interceder
por nosotros en el juicio, solo él puede librarnos de nosotros mismos y de la
condenación.

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