sábado, 4 de febrero de 2012

La Obra de Dios 3




Así como cuando nuestro Señor Jesucristo predijo la caída de Jerusalén (Evangelio de Lucas cap. 19 vers. 42-44) mientras él mismo caminaba entre ellos siendo hombre, a la par que nacía su iglesia, su esposa a la que ha de venir a buscar y muchos se arrepintieron de sus pecados  entregándole sus corazones a su salvador, había otro grupo mucho más numeroso de personas que no creyeron el mensaje, afortunadamente su pueblo, las ovejas que reconocen la voz de su ´pastor si supieron identificar las señales, reconocieron los tiempos y cuando vieron la destrucción total de Jerusalén en el año 70 estuvieron confiados en el señor sabiendo de antemano que la muerte no tiene poder sobre los que esperan y están bajo la gracia de nuestro Señor Jesucristo.
Para aquellos que tuvieron la oportunidad de enmendar su camino, teniendo ante sí el evangelio en carne viva, el verbo en persona y no lo reconocieron, tuvo que haber sido algo muy duro el enfrentarse a la muerte fuera de la protección de la única persona que puede vencer sobre ella, ya no tenían la gracia de Jesús, ya no podían entrar por la puerta que se les había señalado y que ahora estaba cerrada.
En ese momento especial de la historia estaba representándose a pequeña escala con Jerusalén y el pueblo de Israel como protagonistas, lo que sin duda sucederá a escala planetaria en un corto lapso de tiempo.
Si ponemos a Jerusalén en representación de mundo,  a Israel como el pueblo de Dios, y al evangelio de Cristo predicándose en todas las naciones, tendremos ante nosotros una reproducción exacta de lo que inevitablemente acontecerá en estos tiempos.
Al igual que Jesús en persona  fue a su pueblo primeramente a predicar la salvación, nosotros Apóstoles de Cristo, estamos en la obligación de predicar primeramente a su iglesia que es su pueblo, el verdadero Evangelio de Cristo, guardando sus mandamientos y haciendo su voluntad, exhortándoles a que abandonen las practicas impuestas por Roma, evitando el sectarismo, buscándolo a él en su palabra, haciendo su obra para la cual nos llamó y nos predestino.
Ya Dios hizo juicio sobre este sistema imperfecto y lo hayo culpable de pecado y su decisión es inmutable, no hay vuelta atrás para la palabra de Dios, así como fue en el principio, así será al final.
Así como en su tiempo la destrucción le llegara a Jerusalén, así también le llegara a este mundo la hora de rendir cuentas ante el señor. La venida de Cristo está a la vuelta de la esquina y la separación de los que se quedan y los que se van con Jesús ya comenzó.
Gran tribulación, pena y llanto viene sobra la tierra.
Es momento de volverse de la maldad del pecado y reconocer a Jesús como el único capaz de interceder por nosotros en el juicio, solo él puede librarnos de nosotros mismos y de la condenación.

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